Pablo Tarrero es un fotógrafo muy singular. Inquieto, culto, observador, un caminador incansable que ha recorrido las calles de La Habana por el placer de disfrutar una ciudad que ha sabido hacer suya, conocer su gente, entrar a sus hogares. Ha vivido en ella como uno más y esa experiencia le ha dado una visión privilegiada, la cual revela ahora con perspicacia e inteligencia.

Sus fotografías rehuyen los tópicos comunes, ya gastados, que suelen atribuirse a Cuba y su capital. Aquí no encontrará el espectador mulatas espectaculares, coches antiguos, tambores y rituales cuasi folklóricos, salpicados de ron y azúcar. Pablo está bien distante de la visión turística y de la mirada apocalíptica de los que buscan los lunares en la historia de la mayor de las antillas.

Aquí es casi palpable la ternura, la complicidad y la identificación con el destino de su objeto artístico. Más que la geografía física de la ciudad, Pablo retrata la geografía espiritual del locus, de esa Habana que no deja huella en él a través de sus edificios, parques, plazas, monumentos, sino a través de los detalles pequeños, cotidianos, casi íntimos. En su representación de las paredes, en su textura, alude a la piel de la ciudad, aquella que guarda en sus marcas, en la huella de cada rincón, la memoria de generaciones enteras.

Escenas costumbristas, rostros humanos, imágenes de animales, son detalles que complementan y refuerzan su visión del paisaje urbano de La Habana. La luz, el tono áureo, el humor y ciertos pasajes surrealistas ayudan a conformar una imago citadina con tonos de universalidad.

Una muestra de elevados valores estéticos, en la cual la excelencia técnica del artista y su aguda sensibilidad, dan como fruto una visión entrañable de la ciudad en la cual, Pablo Tarrero, practica el ejercicio espiritual de buscar los destinos de sus antepasados y el suyo propio.

Las paredes de La Habana hablan. Necesitan ser escuchadas por quienes la aman. Muchos intentan hacerlo, pero pocos lo alcanzan. No basta con pasar tiempo entre ellas, tampoco rehacerlas físicamente es suficiente. El espíritu de una ciudad vive en su gente, pero también en las piedras levantadas y vueltas a caer. La Habana conoce muy bien sobre envejecer deprisa, ver cómo una pared pierde su lustre, su pintura, para mostrarnos entonces lo que dormita bajo la superficie. La superposición de pinturas: el rojo que da paso al amarillo y este es eclipsado por diversos tonos de azul. Las grietas que delimitan el territorio de accidentes, fallas estructurales y la mano que deja un número telefónico raspado en la cal. Todo confluye aquí.

Tocar más allá de lo que el ojo ofrece a simple vista; algo que yace en la parte oscura de esta ciudad requiere de un entrenamiento avanzado sobre lo cotidiano. No muchos nos detenemos a observar la mancha dejada por la humedad en nuestras casas. En el mejor de los casos tratamos de cubrirla con una nueva capa de pintura (lechada, marmolina o vinyl) que en poco tiempo estará arruinada también.

Esas paredes son el hilo conductor del cuaderno Si las paredes hablasen (Barcelona, 2011). Espléndidas fotografías de Pablo Tarrero Segarra que van poniendo ante nuestros ojos las marcas del tiempo y su gente. La sucesión de paredes mostrada aquí, nos coloca frente a una galería de abstracciones; pequeñas islas de texturas diversas, que van quedando al descubierto con las capas de pintura caídas al azar.

Los poetas César López y Luis Marré comparten su espacio con el fotógrafo que procura ángulos inusuales al colocar el lente. En el caso de César, una ventana en su casa (reproducen su poema homónimo), el estudio y la vieja butaca donde el hombre nos asiste contra el tiempo; para llegar a Marré tenemos una puerta gastada, llena de señales, guías certeras para acceder a la conversación en su reducto hogareño.

Una sugerente foto, que nos permite definir mejor nuestra atemporalidad es “Suelos I”. La tierra cubierta por lozas hidráulicas de diseños múltiples, sueltas, colocadas una junto a otra. Si pudiéramos seguir la ruta de cada una de ellas, la casa o edificio del cual se extrajeron, tendríamos otro mapa de la urbe.

Las paredes de esta ciudad hablan. Hay que disponerse a percibir: lamentos, sonrisas, quejas, alaridos, que en ellas se gestan y conviven a cada momento. El fotógrafo se acerca a estas memorias con pasión. Desecha cualquier trazo pintoresco desde un diálogo permanente con esa belleza subterránea que vivimos con cierto grado de ignorancia. Trata de comprender el valor de cada huella. El gesto más elemental, la mirada más feroz está cercada por la luz de una ciudad con ángel. Conversa con el misterio, sin necesidad de revelarlo, sólo pretende habitar las sombras y luces de esta Habana a veces fantasmagórica o telúrica que seduce y espanta por igual.

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